El Insumergible se Hunde

El día 10 de abril de 1912 zarpaba del muelle de Southamptom, en su viaje inaugural, el trasatlántico más grande y lujoso de su época, el Titanic. Aquél día, pocos imaginaban cuál iba a ser su trágico final, tal día como hoy (15 de abril) hace 95 años.

 

Construido con los mejores materiales a los que el conocimiento humano tenía acceso a comienzos del siglo XX, el Titanic representaba todo un prodigio de la técnica. Era lo más parecido a un palacio flotante; disponía de piscina, gimnasio, sala de baño turco, biblioteca, sala de squash, 28 salones revestidos en madera con adornos de oro,…

 

Sus dimensiones resultaban sorprendentes, más de 275 metros de largo, una manga de 28 m, 15 m de calado y una altura desde la quilla hasta las chimeneas de 56 m.

 

Además, sus 16 compartimentos estancos casi garantizaban que ninguna colisión podría hacer que este barco se hundiera. Por ello, fue extendiéndose cada vez más su ya conocido sobrenombre: El Insumergible.

 

Todos estos detalles suponían el apogeo del transporte marítimo, la soberbia –entendida en el buen sentido- hecha realidad,la necesidad de desarrollar la industria naviera hasta donde nunca antes se había llevado.

 

Pero tan sólo cuatro días de partir de puerto, en una despejada noche de abril, el Titanic chocaba con un iceberg en el pleno océano Atlántico. En un primer momento, la evaluación de daños no parecía señalar ningún obstáculo insalvable, y los pasajeros ni siquiera se percataban de lo que acababa de ocurrir.

 

Sin embargo, una herida mayor subyacía bajo el armazón del barco: los daños eran más graves de los pronosticados, y sus compartimentos se iban inundando uno tras otro y sentenciaba a muerte al Insumergible, en la noche del 14 al 15 de abril.

Si a las 23.40 se producía el impacto, era hacia las 02.30 cuando el casco dejaba de verse sobre la superficie marina, y la tragedia se consumaba.

 

Toda la opulencia que desde el inicio de su construcción había al Titanic, había provocado que no se incorporaran suficientes botes salvavidas para todas las personas que fuesen a bordo, debido a que ocuparían demasiado espacio en la cubierta.

 

Esta intencionada falta de previsión desembocó en que el naufragio se saldase con la muerte de más de 1.500 personas, de las más de 2.200 que conformaban el pasaje (900 tripulantes y unos 1.300 pasajeros).

 

De nuevo, se constataba “la inferioridad última del Hombre frente a la Naturaleza”, como señala Miquel Pontes en su artículo “El Titanic ¿Descanse en Paz?”.

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