Desvaríos desde Dublín (Parte I)

Hace unos días regresé del viaje que había estado esperando desde que iniciara las vacaciones en agosto. En plan guasa repetí varias veces que, una vez llegase a Dubín, me iba a enganchar al grifo de la Guinness, y no me iba a soltar hasta que despegase el avión de vuelta.

Pero al final el viaje fue un conjunto de experiencias mucho mayor. Sí, hubo mucha cerveza Guinness, es verdad, pero entre pinta y pinta hubo museos, catedrales, el rodaje de una serie de televisión, y un montón de cosas más.

La llegada a Dublín, el día 20, fue bastante bien. Tras el desayuno –y el clave que nos metieron- en Barajas, el viaje resultó tranquilo, llegando al aeropuerto de Dublín a eso de las dos de la tarde. Del trágico suceso del avión de Spanair en Barajas –el mismo día que partía hacia la tierra de Oscar Wilde- no me enteraría hasta última hora de la tarde.

Contrariamente a lo esperado, hacía buen tiempo a la hora de la llegada, con una temperatura agradable, como se apreciaba desde el autobús que nos llevó hasta el hotel Cassidys. En el trayecto, una guía nos describió a grandes rasgos cómo es la ciudad, que tiene una población de 1,6 millones de habitantes –un tercio del total de Irlanda-, de la que unos 600.000 son población urbana y el resto rural; que la gente bebe mucha mucha cerveza –y en Irlanda decir cerveza es decir Guinness-; que el país es más o menos igual de grande que Andalucía; que el estilo arquitectónico predominante es el georgianano, y otras cosas varias.

Bueno, el hotel se situaba en la parte norte de la ciudad, al norte del río Liffey, que divide en dos la ciudad. Esta separación natural ha dado lugar a las dos partes diferenciadas que se reconocen: El sur del Liffey, donde se encuentran los principales monumentos, zonas de interés turístico y el área de marcha de los turistas. Al norte del río, una zona más comercial –liderada por Henry Street-, con un desarrollo urbano más moderno, que se nota en el estilo de los edificios.

Pues eso, que el hotel resultaba acogedor, aunque la habitación parecía algo pequeña y carecía de minibar, aunque disponía, como es habitual en Irlanda, de una Biblia –en inglés- para su consulta.

Como mandan los cánones, lo primero que hice después de salir del hotel fue  acercarme al bar más cercano para tomar mi primera Guinness en Dublín, y también algo de comida de paso. Ya en este momento nos habíamos juntado un grupito de nueve personas, que íbamos a ser inseparables compañeros de viaje los cinco días siguientes.

Es necesario señalar que la marca de cerveza Guinness es una institución en Dublín, donde se sitúa la sede de la compañía. Esta cerveza está latente en todos los aspectos de la vida dublinesa, pudiendo encontrar su distintivo casi en cualquier lugar. Leía en el blog de un amigo, que narraba su viaje a Suiza, que su bandera es un orgullo para sus ciudadanos. En Dublín, e Irlanda por extensión, se tiene bastante aprecio a su bandera, pero más incluso a lo que Guinness representa. Esta espumosa cerveza negra es, sin duda, el emblema del país. Guinness es el orgullo de Irlanda.

Una vez repuestas las fuerzas, era momento para una primera toma de contacto con la ciudad, esta vez acompañado únicamente de Dioni, pues los demás prefirieron regresar al hotal para reponer fuerzas . La Avenida O´Connell, donde estaba el hotel, fue una de las primeras que pateamos, de camino hacia la parte sur del Liffey. El Trinity Collage fue el objeto de la primera visita, y la verdad que sorprende lo precioso que resulta esta zona de estudio, con sus jardines, campos de rugby y áreas de descanso. Después era turno de tomar la segunda Guinness, esta vez en Temple Bar, la zona de tabernas más emblemática, donde es habitual que artistas locales toquen en directo, tanto por las tardes como por las noches. Como se hizo algo tarde –a diferencia de España, la vida social allí decae a partir de las ocho-, Dioni y yo volvimos al hotel, para ducharnos y prepararnos para volver a Temple Bar en plan más nocturno y fiestero.

Ya con el resto del grupo (Andrés, Alfonso, Marcos, José María, María Angeles, Luis, María José, Dioni y un servidor) estuvimos de terrazas y baretos. Como curiosidad, señalaré que, en un mismo local, las copas y cervezas son más caras por la noche. No nos recogimos muy tarde, porque la fiesta allí también acaba antes, aunque tuvimos ocasión para tratar con más españoles que estaban por allí.

Los días que siguieron también fueron increíbles, pero quedan para una entrada futura.

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