Cuando Alemania recuperó los valores

Se cumplen hoy 70 años desde que la Alemania nacionalsocialista comenzara la ocupación militar de Polonia, como forma de recuperar parte de los territorios perdidos tras el final de la I Guerra Mundial.

La acción no era sino un paso más en la reconstrucción de un imperio desmembrado por el Tratado de Versalles en 1919, y que se había iniciado con la recuperación por la vía diplomática de otras áreas.

Ante el temor de ver como Alemania podía volver a convertirse en la mayor potencia europea y en un eje fundamental a nivel mundial, Francia y Gran Bretaña declaran dos días después la guerra, desencadenándose un conflicto bélico de dimensiones desconocidas hasta entonces, que implicaría la participación de Estados Unidos y culminaría con un triunfo memorable de los aliados –como así ha quedado reflejado en los libros de historia, pero también –a mi juicio- de una de las mayores vergüenzas de la historia de la humanidad. Esa que marca la colaboración de dos regímenes ideológicos antagónicos (democracia liberal y comunismo) para combatir una propuesta quizás válida de gobierno mundial, ante la que los poderes capitalistas y comunistas establecidos e imperantes sentían verdadero pánico.

Durante el intervalo temporal que transcurre desde la llegada del nazismo al poder, hasta los muchos y graves errores cometidos por Adolf Hitler en la gestión del frente de batalla, Alemania recuperó los valores que la habían hecho digna de admiración en los siglos anteriores. Por un instante, se despojaron de la vergüenza sentida por las imposiciones de Versalles, reconstruyeron un país por entonces en ruinas, forjaron una economía sólida y dinámica, desterrando el desempleo y mejorando el bienestar social, haciendo resurgir el auténtico espíritu alemán.

Ese afán de superación, unido a unas simples y acertadas directrices económicas fijadas en el programa nacionalsocialista, devolvieron al país germano al primer plano mundial. Pero igual que el partido nazi tuvo que ver con el resurgimiento alemán, fue también el principal responsable de su derrota en la II Guerra Mundial. Pero es lo que cabe esperar cuando un partido político se extralimita en sus funciones y contraviene su propio programa político original, sobre todo en el punto en que fijaba que el partido se retiraría del poder una vez conseguidos los objetivos del citado programa –que por supuesto no incluían enfrentarse al mundo en una guerra como la que siguió-.

Ya durante la guerra, Alemania acabaría pagando las consecuencias de anteponer los principios políticos y propagandísticos a los estrictamente militares, lo que no puede ocultar el ánimo de la población por la defensa no de un líder loco, sino de la nación que tanto les había costado construir –el coronel alemán von Stauffenberg, en una idea compartida por muchos otros generales, llegaría a decir que “no se puede servir a los intereses de Alemania y del Führer al mismo tiempo”, antes de atentar fallidamente contra el líder teutón-.

Por su parte, Francia y Gran Bretaña deberán soportar la vergüenza de iniciar una guerra en un momento improcedente (¿Por qué no pararon los pies a Hitler cuando se anexionó Checoslovaquia, y sí cuando hizo lo propio con Polonia?), y de estar ciegos ante a realidad de su entorno (a fin de cuentas, la reunificación alemana formaba parte de las aspiraciones nazis desde el principio). Incluso, Estados Unidos aún hoy lamenta el uso del arma nuclear definitiva cuando el desvalido pueblo japonés andaba camino de la capitulación.

Pero más allá de eso, y como señalo más arriba, los países aliados deberían pedir disculpas por haberse integrado en el mismo bando de los sistemas comunistas, una cobardía con la que ya siempre vivirán y que jamás podrán ocultar.

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