El Polo Sur: descubriendo los límites del ser humano

En multitud de ocasiones, el ser humano se empeña en lanzarse a hacer historia, en dar un paso más en su evolución como especie, en alcanzar metas a las que nunca antes había llegado.

Hay innumerables ejemplos de ello; el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, completar la primera circunnavegación de la Tierra como hizo Juan Sebastián Elcano (tras la muerte en la expedición de Magallanes), o más recientemente la llegada del hombre a la luna en la misión del Apolo 11.

Son, indudablemente, hechos históricos, entre los que debe ocupar un lugar la conquista del Polo Sur, de la que en 2011 se cumple el primer centenario. En un ahora lejano 14 de diciembre de 1911, el equipo de exploradores polares dirigido por el noruego Roald Engelbregt Gravning Amundsen (o simplemente Roald Amundsen) alcanzaba las coordenadas 90°0′0″S 0°0′0″O, algo que ningún hombre había conseguido antes. Para ello, Amundsen, Bjaaland, Hanssen, Hassel y Wisting tuvieron que recorrer una distancia de 1.300 kilómetros en 55 días. Se trataba de un reto a la atura de Amundsen, metitucoloso al milímetro, experto en la exploración polar –dirigió sus miradas al Sur decepcionado por no haber sido el primero en llegar al Polo Norte-, concienzudo en su preparación -durante meses, como parte de su entrenamiento se alimentó de perros y pinguinos en la Antártida-, y con un equipo material idóneo.

Sobre Admunsen recayeron, merecidamente, todos los honores por el logro conseguido. Y sin embargo, el Polo Sur se empeñó en hacer una extraña mezcla entre lo histórico y lo heróico.

Una de esas historias polares heróicas es la del Capitán Lawrence Oates, que, de vuelta al campamento base, con escorbuto, una pierna gangrenada, y consciente de que suponía un lastre para sus compañeros, decidió salir de la tienda a escondidas para no volver, pensando que sin él sus compañeros tendrían una oportunidad de salvarse, de sobrevivir. Era un anticipo de la tragedia que sucedería días más tarde.

Porque Oates no pertenecía a la expedición de Amundsen, sino a la de Robert Falcon Scott, un explorador británico que competía con el noruego por ser el primero el alcanzar el Polo Sur. Si la perfección técnica y preparatoria eran las señas de identidad de Admunsen, la ilusión y la lucha contra los elementos eran las de Scott, aunque ello no sirvió para que la aventura tuviera un final feliz.

Eligieron un camino que ya había sido explorado parcialmente en expediciones anteriores, pero que resultaba más largo que la opción -más corta pero inexplorada- de Amundsen, y lograron llegar al objetivo 34 días después que el noruego (el 17 de enero de 1912). Encontrar las tiendas vacías de sus competidores supuso un duro golpe moral, pero quedaba lo peor, el regreso. Fue entonces cuando quedó demostrada la insuficiencia de sus materiales: trineos motorizados que no funcionaron, caballos que no podían moverse sobre nieve blanda y que tuvieron que sacrificar para utilizarlos como alimento, o contar con menos de la mitad de perros que Amundsen. Tuvieron que mover, por su propia fuerza, los pesados trineos en una nieve en la que se hundían hasta las rodillas

Con el paso de los días, algunos de los componentes de la expedición perecieron en el trayecto, como Evans o el señalado Oates. ¿Sirvió para algo? Posiblemente para retrasar un la tragedia, como se desprende de la última anotación de Scott en su diario, el 29 de marzo: «El fin no puede estar lejos… Por el amor de Dios, cuidad de los nuestros». Poco después la esperanza desaparecería, y su vida se extinguiría entre el frío hielo antártico.

La gallardía demostrada por ambos contendientes, Scott y Amundsen, Amundsen y Scott, es la que ha hecho que ambos comparten protagonismo en los libros de Historia, aunque solo uno de ellos fuese el primero y pudiera contar su hazaña.

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4 pensamientos en “El Polo Sur: descubriendo los límites del ser humano

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