¿Ganó el Partido Popular las elecciones generales?

El 21 de noviembre era un día de felicidad para el Partido Popular, al amparo de los resultados que un día antes había cosechado en las elecciones generales.

Todos los medios de comunicación nacionales se hacían eco de la llegada de Mariano Rajoy a la Presidencia del Gobierno, y lo felicitaban por haber obtenido unos resultados históricos para su partido. “Histórica victoria del PP” y “Manos libres a Rajoy para sacar a España de la crisis” (El Mundo), “Triunfo histórico” (ABC), “Confianza absoluta” (La Razón), “La crisis da todo el poder a Rajoy” (El País) o “Derecha absoluta” (Público) fueron algunos de los titulares leídos aquel día.

Efectivamente, el Partido Popular obtuvo en las elecciones al Congreso 10.866.566 votos, que le servían para conseguir 186 diputados y le daban una holgada mayoría absoluta (situada en 176 diputados). Su más directo rival, el PSOE, se quedaba con 7.003.511 votos y 110 diputados, mientras que el resto de formaciones se repartieron los 6.796.315 de votos restantes.

Pero entonces… ¿Fue el PP la opción con mayor seguimiento en las elecciones? Sí pero no. Fue la opción más votada, pero hubo otra alternativa con mayor seguimiento. Me estoy refiriendo a la abstención, que obtuvo 11.113.099 no-votos. Por tanto, si elaboramos una clasificación de las alternativas más seguidas, sería la que sigue:

1 – Abstención: 11.113.099 no-votos

2 – Partido Popular: 10.866.566 votos

3 – Partido Socialista: 7.003.511 votos

¿Qué significa esto? ¿Supone que los movimientos alternativos, como por ejemplo el llamado 15-M o de los indignados habría ganado las elecciones?

Claramente no. Este movimiento, sin duda, puede haber tenido una cierta incidencia en un número tan alto de abstenciones, pero iniciativas como la citada ni tiene una voz única, ni es un movimiento homogéneo y unificado en torno a unas ideas o ideología propias. Tampoco tiene un partido político que los sustente.

Hay que tener en cuenta que España tiene una ingente masa de absentismo en sus elecciones: entre 7 y 10 millones de españoles rehúsan participar, por lo general y en los últimos años, en las elecciones parlamentarias. Una cifras que, aunque elevadas, no difieren en exceso de la media europea.

De este modo, aunque España presenta históricamente unos índices altos de abstencionismo en el contexto europeo (como puede comprobarse en este artículo de José Ramón Montero: http://reis.cis.es/REISWeb/PDF/REIS_028_11.pdf), en los últimos años se ha tendido a una cierta convergencia con la media europea, con niveles de abstención situados algo por encima del 20%,  inferiores a los de Alemania o Francia, por ejemplo (como puede verse en este estudio del Ministerio de Interior: http://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=abstencion+en+europa&source=web&cd=7&ved=0CFUQFjAG&url=http%3A%2F%2Fwww.aecidcf.org.uy%2Findex.php%2Fdocumentos%2Fdoc_download%2F637-dossier&ei=EJhWT5q7MIqe0QXDi7TnCQ&usg=AFQjCNFSpoYGrqXrKzRGuPktkg_l1xcJeA&cad=rja, pág. 22).

Así pues, aún situándose en cifras similares las europeas, no puede dejarse pasar por alto la tendencia creciente detectada en los últimos años: 8,4 millones de abstenciones en las elecciones generales de 2004, 9,1 en las de 2008, y finalmente 11,1 en las de 2011.

Como decía, el movimiento 15-M puede haber tenido cierto efecto en ese aumento de  dos millones en los últimos tres años, pero me inclino por buscar factores complementarios. Entre ellos, podrían citarse, desde mi punto de vista y entre otros, el creciente desapego de la población por la política, o al menos por las dos grandes opciones políticas predominantes, que debe haber estado muy unida al crecimiento de la conflictividad entre ambas formaciones a la que los ciudadanos hemos asistido atónitos desde hace ya un tiempo. Quizás este bipartidismo exacerbado –que se repite en pocos países europeos- ha llevado a los votantes a un punto en el que no encuentran en ellos instrumentos para resolver sus inquietudes políticas. Ello, quizás junto a las reticencias que aún pueden existir respecto a nuevas formaciones políticas pueden haber hecho el resto.

Junto a estas impresiones meramente subjetivas de quien escribe, hay un factor aún más contundente, que no admite objeciones, y es el muy bajo grado de participación electoral de los jóvenes en España (poco más del 60% entre la población de entre 18 y 30 años), inferior a la de la mayoría de países desarrollados de la UE (pág. 40 del informe citado del Ministerio). Si esta cohorte de población mantiene esa actitud en su etapa de madurez, podemos esperar participaciones aún menores las de 2011 en un futuro próximo.

En definitiva, será necesario que, en los próximos años, la política (y sobre todo los políticos) recuperen un crédito que a día de hoy paree perdido, como demuestra que  la abstención fuese la opción más seguida en las últimas elecciones. Esta recuperación deberá pasar, ineludiblemente, por convencer a los jóvenes y  contribuir a que tengan una mayor participación activa en la política, que deberá ser más social que nunca y capaz de resolver los problemas que les afectan.

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