Mejorar la competitividad requiere mucho más que una Reforma Laboral (según Ruiz Conde)

Estos últimos días he leído un interesante artículo de J. Ignacio Ruiz Conde -Doctor en Economía, e Investigador de la organización Fedea, entre otros muchos méritos profesionales- titulado “Salarios: competitividad y competencia” que me ha gustado muchísimo, y que puede leerse en el siguiente enlace:

http://www.eldiario.es/zonacritica/Salarios-Competitividad-Competencia_6_99100109.html

El texto está realmente bien porque se exponen claramente algunos de los motivos por los que la economía española no levanta cabeza desde hace unos años. En particular, centra sus argumentaciones en dos puntos principales: el mercado laboral y el nivel de competencia (o más bien de ausencia de ella) en determinados sectores económicos de España.

Yo pensaba que la exposición de Ruiz Conde estaba meridianamente clara hasta que un amigo me ha alertado que el artículo ha generado muchas críticas y malentendidos, que se han manifestado repetidamente en los comentarios realizados por los lectores (que también se pueden leer en el enlace anterior).

Me gustaría, pues, resumir a grandes rasgos los temas principales que aborda el autor, simplificandolos un poco, resumiéndolos y evitando utilizar los (pocos) tecnicismos que utiliza el autor. De esta forma, se expone a continuación buena parte del contenido, pero presentado de otra forma para que no haya lugar a malinterpretaciones.

Para ello, se estructura este resumen en dos sencillos apartados:

  • Claves para mejorar la competitividad
  • Aplicación práctica de las “claves”

Mejorar la competitividad

En los últimos años, los poderes públicos españoles parecen tener una marcada obsesión por mejorar la competitividad de la economía española y, más concretamente, de sus empresas. Persiguen que las compañías españolas puedan producir sus bienes a un coste inferior al actual, lo que les permitirá ofertarlos a un precio también menor y, por tanto, en mejores condiciones que sus competidores de otros países. Con ello, en teoría se ganaría cuota de mercado en los mercados internacionales, lo que permitiría mejorar el bienestar de la sociedad española.

A grandes rasgos, para mejorar esa competitividad, y reducir los precios de nuestros productos, hay -según Ruiz Conde- tres vías principales:

1 – moderar salarios;

2 – moderar otros costes de producción;

3 – moderar el beneficio empresarial.

En los últimos años, el Gobierno ha incidido mucho en el primero (con medidas como la controvertida reforma laboral), pero poco en los otros dos.

Respecto a la Reforma Laboral, dos de sus contenidos principales eran abaratar el despido y favorecer la moderación salarial (e incluso las reducciones de sueldos), que se vería asimismo facilitada por el “miedo” de los trabajadores a un despido más barato. Cree el autor que “aún es pronto para valorar qué efecto está dominando: si abaratar el despido está incentivando la bajada de salarios o directamente el aumento de los despidos”. El mecanismo es en cualquier caso peligroso, porque “una empresa puede decidir bajar sus costes laborales bajando los salarios de todos los trabajadores o despidiendo a los actuales y contratando otros más baratos”. Ruiz Conde reconoce abiertamente que el segundo mecanismo, que podríamos denominar “ despedir al padre para contratar al hijo”, es mucho más dramático socialmente: (ya que) el Estado del bienestar español no está preparado para ello.

Además, sostiene que, para que la situación económica española mejore, los ahorros de costes que se consigan vía reducción de salarios, no deben destinarse a mejorar el margen comercial o beneficio empresarial, sino a reducir los precios del producto final para poder competir con otras empresas mundiales en mejores condiciones.

Pero decíamos al principio que había otras dos vías para mejorar la competitividad: moderar beneficios y reducir los costes no laborales (consumos, materia prima, transporte,…).

Una de las (diversas) medidas que pueden ayudar a conseguir estos objetivos es fomentar la competencia empresarial, facilitando por ejemplo la entrada de nuevas empresas en el mercado, que ofrezcan los productos en mejores condiciones -cabe imaginar, por ejemplo, que si hay muchas empresas produciendo el mismo producto, tendran menor poder de negociación frente al cliente, habrá más competencia entre ellas y ofrecerán un precio más asequible y un producto más barato-.

Lamentablemente, en España hay muchos sectores en los que -siempre según el autor- no se aprecian niveles de competencia suficiente, operando determinadas compañías en régimen de oligopolio (unas pocas empresas se reparten el mercado) o incluso monopolio (una sola empresa acapara todo el mercado) en la práctica, con el consiguiente perjuicio para todo tipo de consumidores.

La situación es particularmente grave cuando los sectores que operan así son aquellos que fabrican o producen bienes que no solo se venden a un consumidor o cliente final (esto es, al ciudadano de calle), sino que a su vez también sirven a otros sectores y compañías para producir sus respectivos bienes (se puede pensar por ejemplo en la electricidad, que la usa tanto un ciudadano normal, como las restantes industrias para fabricar sus productos, desde un pequeño comerciante para iluminar su tienda hasta una gran siderúrgica para sus procesos de fundición), pues generan una importante distorsión sobre toda la cadena productiva.

Por desgracia, ver esta situación en España es demasiado frecuente. No hay más que ver los casos de la electricidad, la gasolina, las líneas de banda ancha, o -aunque no lo señala Ruiz Conde- el suministro de agua, entre otros, que ofrecen sus productos a precios mucho más elevados de lo que debieran (lo que les permite posiblemente tener más beneficios o pagar salarios más altos de los que les corresponderían en libre competencia), y siempre a unos niveles mucho más elevados que en la mayoría de los países europeos de su entorno.

Como decíamos esto es muy grave porque esos bienes se utilizan también para la producción de otros bienes (es decir, forman parte de lo que más arriba se ha llamado “otros costes de producción”) y encima esas empresas tienen lo que podríamos denominar “clientes cautivos”: cualquier familia media necesita para su vida diaria esos bienes (esa electricidad, ese gasolina, ese agua), y se ve obligada a contratar forzosamente con esas “empresas malvadas”.

Si se incidiera en mejorar la competencia solamente en esos sectores, todo nuestro tejido productivo podría ofrecer sus productos en mucho mejores condiciones, y los consumidores españoles se verían asimismo beneficiados.

Un sencillo caso práctico

Veamos un ejemplo sencillo: si se favoreciese la entrada en España de empresas que ofreciesen la luz más barata, las demás industrias estarían en disposición de fabricar y vender sus productos a un precio menor.

Por tanto, con el mismo sueldo, una persona podría gastar más luz (porque es más barata) y comprar más de otros productos (que ahora son más baratos).

Entonces, no necesitaría grandes aumentos salariales para mantener su nivel de vida, puesto que podría comprar lo mismo con menos dinero.

Esta contención salarial permite a su vez a su empresa fabricar aún más barato, de lo que se beneficia tanto ese como el resto de trabajadores (que podrán comprar más de esos bienes)… Y parece que así, casi “por arte de magia”, nos volvemos sistemáticamente más competitivos -somos capaces de vender más, a mejor precio- y a la vez todos mejoramos (salvo los propietarios de las antiguas empresas energéticas).

Creo que esa es la idea que subyace del artículo de Ruiz Conde, y es realmente muy importante para entender por qué España ha llegado a donde está. De hecho, solucionar los graves problemas de competencia que hay en determinados sectores será esencial para “salir del hoyo”.

Que no se nos olvide tampoco otra idea: no conseguiremos mejorar la competitividad de la economía española si las medias ya adoptadas por el Gobierno tendentes a favorecer la moderación salarial (y abaratar el despido) no se acompañan de otras que persigan contener el margen empresarial, reducir los costes no salariales, y mejorar los niveles de competencia en determinados sectores.

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